Tras la hora de comer, cada día disponíamos de un tiempo para los talleres. Los había de diferentes tipos: camisetas, máscaras, periodismo, pulseras, llaveros, teatro, coreografía… Los chavales iban pasando por todos los talleres en lugar de quedar fijos en uno. Cada día se inscribían en unas hojas de las que se elegían a los primeros. Un día hubo jaleos porque, evidentemente, la gente trucaba las hojas de mala forma, hacía tachones y rompía hojas para ponerse el primero en la lista. Tras una bronca llevada a cabo por César (quién si no), el asunto se arregló. En mi caso yo me encargaba del taller de llaveros. Sobra decir que yo no había hecho un llavero en mi vida y que, evidentemente, me dijeron “tú te encargas del taller de llaveros” media hora antes de que empezase el taller de llaveros, ya que el encargado inicial, Edu, era necesario en el taller de guitarra y canto que, al final, nunca se inauguró. Durante media hora, aprendí a hacer llaveros, y fue lo que le enseñé a los críos, pero aunque los sabía hacer, siempre utilizamos de ejemplo los que hacía Paco, que daba conmigo el taller, porque a mí me salían tirando a mal. Realmente, yo aprendí en mi taller, y para el siguiente campamento, ya sabré hacer llaveros.

Después de los talleres, se pitaba para la merienda. Durante 13 de los 14 días de campamento, aproximadamente, se nos dio de merienda una barra de pan acompañada con media docena de onzas de chocolate, que ocupaban la octava parte del pan. Naturalmente, el pan comenzó a ocupar masivamente las papeleras de la zona, así que dejamos de obligar a merendar a los chavales. Hubo un día particular que se dieron porciones de queso y membrillo (además del pan, claro), la mayoría de las cuales acabaron adornando las paredes del albergue.

Normalmente, una vez merendados se hacía una actividad de la tarde, después de la cual llegaba la hora de las duchas. Puedo decir que para un animador (para una animadora era algo más sencillo) la hora de las duchas era la peor después de la hora de comer. Como si se utilizaban todas las duchas el agua llevaba poca presión, pues de los dos pasillos que había se limitaron las duchas a uno de ellos. Sin embargo, los críos se colaban en el otro pasillo en cuanto podían. Además, alguien tuvo la brillante idea de unir las duchas masculinas y femeninas por medio de una puerta de cristal opaco con una cerradura mediante la cual se podía ver el otro lado. Era impresionante ver como me iba a hablar con alguien treinta segundos y cuando volvía había doce personas pegándose para mirar por un agujero del tamaño de un garbanzo. Al final acabé haciendo vigilancia permanente en la puñetera puerta. Pero lo más duro, sin duda, eran las canciones. Sin ninguna vergüenza, los individuos comenzaban a cantar canciones como el Aserejé o toda la discografía de operación triunfo a voz en grito, lo cual fue muy duro para mí.

Tras esto venía la cena, marcada en gran cantidad de ocasiones por la Pitusa, que digamos que es la fanta que se hace allí en Sigüenza, pero mucho más buena que la Fanta, y sobre todo, con la particularidad de crear una gran adicción. Pronto la Pitusa se convirtió en una obsesión, y cualquier acampado o animador al que se le pregunte por Pitusa adquirirá un brillo especial en los ojos.

Durante la noche se hacía una nueva actividad, y antes de acostarnos comenzaba una reflexión en la que todos estaban atentos, pero en la que nadie hablaba. La verdad es que esta vez no conseguimos que la gente participara mucho en las reflexiones, excepto, tal vez, en la del último día de campamento.

Y al final, cuando los críos se acostaban, empezaban las reuniones de monitores, en las que se discutía lo que pasaba y lo que iba a pasar en el campamento, se preparaba el día siguiente, etc… Estos fueron los momentos más difíciles y cansados. Era frecuente ver a gente derrotada con la cabeza apoyada en la mesa, y a más de uno se le dijo que se acostase a mitad de las reuniones, pues había caras que daban miedo. Además, las reuniones comenzaron a alargarse tanto que Felipe, uno de los “jefes” de la operación, ideó un sistema de turnos de palabras y estructuró las reuniones para dar cierto orden y rapidez. Sin embargo, la cosa no funcionó demasiado, ya que la gente no se sentía con plena libertad de palabra, y al tiempo se volvió al viejo sistema de chorradas, “pásame el café”, cucharillas sonando y de vez en cuando temas serios. Como resultado, claro, dormimos muy poco. En toda mi vida no he bebido más café que durante esos catorce días, y creo que los demás pueden decir lo mismo. Pero para mejorar el ánimo de las reuniones, siempre estuvieron nuestras pastitas de té, prodigiosas, que han quedado en mi memoria. Hubo un día que la reunión se retrasó, por lo que Jimena y yo decidimos visitar la nevera del albergue. El paraíso debe parecerse a esa nevera, una de esas del tamaño de habitaciones. Nos agenciamos algunas cosillas, lo primero que pillamos, porque no sabíamos donde elegir, entre montañas de comida, y creo que se dieron cuenta, porque al siguiente día estaba cerrada a cal y canto con llave.