Los dos primeros días fueron más bien tirando a difíciles, fue en los dos primeros días cuando mi moral empezó a decaer y cuando empecé a darme cuenta de que, tal vez, ser animador no se limitaba a hacer reír y a mantener el orden, y la verdad es que llegué a desmoralizarme, llegué a pensar que tal vez no valía para eso. Las actividades, felizmente improvisadas por nuestro animador improvisador Juanza, eran motivo de quejas de los críos, que en vez de participar, andaban o se quedaban casi parados, especialmente en las nocturnas, la piscina era verde, los chavales tenían una mala relación conmigo y la descoordinación de los monitores era casi total, pues era un sitio totalmente nuevo para nosotros, algunos éramos inexpertos y hubo ciertos problemas con los mandamases el padre JOE y sus miembros cercanos.

Sin embargo, al final del segundo día, las cosas empezaron a cambiar, al menos desde mi punto de vista. Ante unos críos que sólo servían para pegarme, insultarme y reírse de mí, yo me sentí verdaderamente infravalorado, y casi inconscientemente comencé a abandonar mi carácter abierto a los niños y comencé a encerrarme en mí mismo y ponerme serio. Aunque esta actitud venía genial para meterme en mi papel de rey Yo, en la motivación del campamento, no era la más adecuada. Pero los críos, que se enteran de todo, se dieron cuenta de mi estado, y las mismas personas que me estaban haciendo pasarlo mal fueron las que se acercaron a mí aquella noche y decidieron pedirme perdón. Ese sencillo gesto cambió mi forma de ver el campamento por completo, y me di cuenta de que los chavales sentían algo y no eran tan crueles como yo había creído.

De esta forma, mi moral comenzó a subir, y decidí que la mejor forma de entender a los críos era poniendo lo mejor de ti, no intentar ser de algún modo, si no de verdad ser como eres. El simple hecho de meterme a monitor ya indica que tengo una ilusión y unos valores que me hacen valer para esto. Lo demás, se aprende mientras se hace.

El día normal empezaba a las 8:30 y terminaba a las 00:30 para cualquier chaval, lo que supone que les dábamos una media de ocho horas para dormir. Aunque los primeros días tardaron más de una hora de media en dormirse (era frecuente ver a Paco pegando gritos para que los chavales le obedecieran o a críos en pijama saliendo por los pasillos castigados a correr en mitad de la noche), conforme pasaban los días era más sencillo hacerlos callar. Los últimos días casi no pusimos vigilancia (nuestra vigilancia de el último día fue una monitora, Yiyi, durmiendo en un saco de dormir en medio del pasillo).

Sin embargo, ese era el día del acampado. El día medio del monitor, que es lo que los críos no ven, empezaba a las 8:00 y terminaba en torno a las 3:00 de la madrugada del día siguiente. Es decir, dormíamos una media de cinco horas diarias. Para alguien como César o Campiwy, que llevan años en esto, puede resultar más sencillo de llevar, pero para un monitor que acababa de entrar como yo, fue muy duro habituarse al principio. Las reuniones de por la noche eran cada vez más difíciles y complicadas, y el sueño y la descoordinación produjeron mal ambiente en más de una ocasión. Sin embargo, conforme nos conocíamos y nos sumergíamos en el espíritu del campamento las cosas salían mejor. En este caso, he de decir que, aunque hubo un amplio sector que jamás aceptó a Joe y lo que representa, yo nunca fui de ese sector, ya que, en mi humilde opinión, creo que no es difícil llevarte bien con cualquier persona si pones algo de tu parte. Es cierto que el mal ambiente entre monitores puede hacer infernal un campamento, pero no es menos cierto que quejarnos y lamentarnos cada día del problema en lugar de poner todo de nuestra parte para solucionarlo tampoco lleva a ninguna parte. Por mi parte, yo jamás lo tomé como un problema, y he tenido una buena relación con todos los animadores y chavales que fueron a ese campamento. De todos modos, no quiero que parezca que el mal rollo fue generalizado. No es cierto. Aunque hubo determinadas discusiones y es evidente que había gente de ideas muy fijas que no compatibilizaba nada, la verdad es que en la mayoría de los casos la ilusión y las ganas de que el proyecto funcionase prevalecieron sobre todas estas pequeñas riñas. Por su parte, el sueño se me fue olvidando, aprendí a vivir con él sin que mi rendimiento, mi ilusión o mis pavadas bajasen de nivel, y sólo me acordé de él cuando llegué a mi casa en Murcia (y bien que me acordé de él).