Tras levantarnos, cosa que a veces costaba hacer (un día comencé a adoptar la táctica de tirar a los típicos vagos de la cama con una patadilla inocente, y desde ese día, se dieron más prisa), teníamos un tiempo de gimnasia. En general, la gimnasia no fue muy dura este año (gracias, César) lo que colaboró a que nadie se quedara parado. A pesar de todo, el primer día apareció el típico grupo de chavales, de 3º de ESO, que pasaban de hacer gimnasia. Tras un día completo de barridas de comedor y limpieza de mesas, parecieron comprender que hacer gimnasia era muy saludable. A partir de ese día, la gimnasia fue viento en popa, excepto un brillante día que alguien puso un disco de Bisbal mientras la hacíamos, pero en fin, de gustos no hay nada escrito.

Pero la hora más problemática del día, y la que más tiempo nos llevaba discutir en las reuniones nocturnas, era la de la comida/ merienda/ cena/ desayuno. Los chavales, y sobre todo, las chavalas, no comían nada. No les gustaban los macarrones, no les gustaba el arroz, no les gustaba el pescado, no les gustaba la carne… Si hay algo que me fastidia en este mundo, son las personas que no comen nada, pero Dios no me dio la capacidad de gritar y obligar, así que me resultaba muy difícil. Durante una cena me vi obligado a estar una hora esperando a que una chica se comiese una mísera croqueta. Entiendo que determinadas comidas no puedan gustar, pero no comprendo que alguien se encabezone en no tomarse algo porque no le gusta, aunque sólo sea para que el plomizo monitor de turno se calle. Y además, cuando obligas a alguien a comerse algo, te mira con mala cara, como si fueses una persona cruel y despiadada. Sin embargo, al final cogí a determinadas personas especialmente problemáticas que me veían como un ogro, y les expliqué por qué hacíamos lo que hacíamos. Aunque al principio lo negaron absolutamente todo, conforme les hablé (con una persona estuve soltando un discurso durante algo así como dos horas y media) acabaron entendiéndome y dándome la razón (aunque evidentemente, seguirán sin comer cuando lleguen a su casa).

A medida que me fui haciendo popular entre los chavales (muy a mi desgracia, XD) apareció otro problema en el comedor. Hablo del problema del “siéntate conmigo”. Durante todo el campamento comí en las mismas mesas que los chavales, y buena parte de estas comidas me ayudaron a conocerlos mejor. Creo que comí alguna vez con todos, o casi todos. Sin embargo, con frecuencia no te pide un único crío que te sientes con él, y cada día me lo pedían treinta. Tuve que hacerme una lista mental de por qué mesas ya había pasado para no repetir demasiado pronto. Esto, evidentemente, provoca enfados en los insaciables chiquets, pero afortunadamente se les pasaban en nada.

Cada día, tras el desayuno, hacíamos una motivación. Básicamente, esta consistía en una representación de un capítulo del libro en el que se basaba el campamento, en el cual un bufón era contratado para curar a un rey presa de una enfermedad en la que se acababa muriendo de tristeza. Mi personaje era precisamente ese, el rey Yo, y para representarlo usaba una simple manta negra a modo de capa (íbamos un poco escasos de disfraces). La verdad es que aunque el primer día se la tomaron de cachondeo, los críos comenzaron a tomar interés por la historia, y el último día te contestaban a preguntas que les hacías del libro sin ninguna dificultad. Fue especialmente divertido el día que uno de los monitores que vinieron de visita, Luija, fue presa de nuestra malicia. Le hicimos vestirse de hormiga para la motivación, y Luija, que no destaca por su altura, lo hizo y quedó estupendo. Cuando en la motivación se disponía a hablar tras la intervención de unos pájaros, unas serpientes y una tortuga, dijimos que finalizaba la motivación por ese día y le rebelamos que, efectivamente, jamás hubo una hormiga en el guión, pero la foto de Luija y sus antenas quedó para la posteridad. Lo cierto es que por falta de tiempo, al final ni siquiera logramos acabar el libro, y dejamos el final en el aire.

Tras la actividad de la mañana, llegaba la hora del baño, que más bien era la hora del no-baño, porque prácticamente no se bañaba nadie. Aparte del verdoso color del agua, la gente no se bañaba por la agradable temperatura de la misma. La verdad es que yo si me bañé todos los días, porque no podía permitir que esos chavales que amenazaban con ahogarme pensaran que soy un cobarde. Aunque normalmente las luchas en la piscina forman parte de la base de cualquier campamento, en este caso fueron poco multitudinarias y no pasarán a la historia, entre otras cosas porque el jefe César no se metió en el agua en las dos semanas. De todos modos, la actividad normal del día en la piscina consistía en tirar gente al agua. Normalmente, eso es imposible cuando se dispone de un buen socorrista, pero en este caso disponíamos de nuestra amiguita Jimena, traída especialmente de Madrid para realizar la labor y elegida por la libertad de movimientos que sabemos que nos da. Jamás olvidaré el día en el que uno de los chavales, con pinta de suicida, tiró a nuestro simpático animador Edu al agua, lo cual no hubiera sido tan grave de no haber llevado puesto un pantalón, una camiseta, unos calcetines, unas botas, un sombrero y unas gafas de sol…Evidentemente, el chaval se vio con problemas posteriores que no vienen al caso🙂