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Actividades hicimos para parar un carro. Algunas, como el juego del yeti en el que me tocó esconderme (una vez me confundieron con un saco de patatas mientras me buscaban) no gustaron demasiado, pero en general conforme avanzaba el campamento las actividades fueron haciéndose más populares, yo diría que a medida que la gente se sumergía en el campamento y lo iba entendiendo. La mentalidad de un campamento es diferente a la de la vida real, y no sabes vivirlo hasta que te das cuenta.

Entre las actividades, realizamos una visita a Sigüenza, que como todo pueblo que se precie, tiene todas las calles cuesta arriba. La actividad consistía en ir acumulando información del lugar preguntándole a la gente. Cuando ya no podía más me tomé una coca-cola en un lugar llamado Los Soportales, en la plaza mayor. Si vais a Sigüenza, id allí, que te regalan unas patatas rebozadas de vicio con todo lo que pides. Lo más curioso que ocurrió por allí le ocurrió a César, ya que fue expulsado de la iglesia porque las chicas de su grupo iban vestidas de forma indecente, según el cura, lo que realmente quiere decir que iban con pantalón corto y camisetas de tirantes, qué barbaridad, ¿verdad? (y esto va combinado con que en el grupo de César siempre están las chicas más guapas, por pura casualidad, claro)

Ese día realizamos la noche del terror. La verdad es que la noche fue de todo menos de terror, y el cachondeo fue generalizado. Atrás quedan los tiempos en los que los fantasmas, los esqueletos, los muertos, los gritos y todo eso daban miedo a los indefensos niños. Tuve que picarme cuando un grupo me quitó la careta, y me costó bastante meterlos en ambiente. Aunque debo decir que yo tuve más éxito que la media, pues mi disfraz de espectro impuso algo, al igual que mi voz de ultratumba (que me dejó afónico tres días) y el lugar que me había tocado, un camino que iba a una gran puerta de rejas de metal que me dio mucho juego. Un monitor, en este caso yo, iba narrando una historia mientras que otro (en mi caso Loles) se encargaba de dar el susto. La verdad es que conseguimos arrancar algún grito, que ya es, aunque la verdad es que los grupos de mayores se asustaban más que los de pequeños…

Algo que se recuperó de anteriores campamentos fue el día de padres. La noche anterior vinieron algunos padres y realizamos una velada en la que se realizaron las actuaciones de los grupos de teatro y coreografía (¡otra vez Bisbal!) y que un pringao como yo se encargó de presentar (porque “tengo mucha labia” dicen). No me llegaba la camisa al cuerpo, aunque estoy contento de cómo me salió, aunque no conseguí dejar quietas las manos en ningún momento.

El día de padres se nos fueron casi todos los niños, por lo que ese día me pegaron y me escalaron menos de lo habitual (Alfredo, ¡vuelve!) Fue un día bastante sencillo en el que hicimos deportes, nos bañamos y realizamos algo que no habíamos hecho hasta ese momento: cantar. Algo que forma parte de cualquier campamento y que este año no se ha hecho casi nada, para mi gusto. Muchos críos me han preguntado ya que porqué hemos cantado tan poco, y espero que el próximo año lo hagamos algo más, aunque para eso necesitamos guitarristas con más memoria que César y más hábiles que Juanza, ejem… Menos mal que estaba el alma del campamento JOE para poner la gracia al asunto y nos enseñó tres canciones (el hombre de Cro , Airí Airó y no hay betún) que triunfaron durante todo el campamento y que se vio obligado a cantar, incluso, el día de padres. Puedo asegurar que no me he reído más en toda mi vida, te queremos, Joe!

Durante la noche nos tocó hacer una serie de representaciones con las que todos nos reímos mucho. Carmen, Yiyi y Ruth (creo no dejarme a nadie) hicieron una que nos recordó a todos que teníamos sueño, Juanza y Clara sacaron una gran representación a partir de ¡un vaso de agua!, César salió a hacer el payaso, Paco hizo de Bumbury (y le tiraron piñas), y yo,… mejor no hablar. Junto con Juanza (quién si no) y algunos acampados tan locos como yo, nos disfrazamos de mujeres, y algunas acampadas se disfrazaron de hombres (lo cual es algo más fácil), tras lo cual hicimos un patético desfile en el que nos lo pasamos genial!. Servidor salió galardonado con el premio a miss Sigüenza 2002 demostrando que tiene arte para estas cosas. Evidentemente, me aseguré de que mi hermano no hiciera fotos del evento, aunque algunas ha sido inevitable que empiecen a circular…

Y, como en todos los campamentos, llegó el día de la marcha. Esta vez serían 10Km hasta un pueblo llamado La Pelegrina que hice cargado de frutos secos por todas partes. Cuando llegamos, como no, comenzó a chispear, y decidimos que dormiríamos en un granero que nos prestaron. Al llegar, los monitores comenzamos a apilar mochilas dentro. Una vez metimos todas las mochilas, mandamos a los chavales al pueblo a que lo visitaran. Se morirían visitándolo, ya que en el pueblo había un único bar y no había tiendas de ningún tipo, ni cines, ni nada, nada… Cuando ya no había críos, nos dimos cuenta de que, efectivamente, los críos no cabrían con las mochilas dentro, así que volvimos a sacar las noventa mochilas… Como fuera había peligro de lluvia, les pusimos un plástico, y nos tocó cargar con unos pedruscos de tamaño considerable para asegurarlo. En ese momento comenzó a llover, y pitamos tres veces. A pesar de que en el albergue no oían nunca el pito, allí sí lo oyeron, llegaron y se metieron sentados en el granero. Entonces, cuando metimos a todos, nos dimos cuenta de que no cabían ni con mochila, ni sin mochila, así que nos tocó cargar los pedruscos para separarlos de los plásticos, quitar los plásticos y cargar de nuevo todas las mochilas, esta vez en un coche que se las llevó. Y así, hicimos los 10Km de vuelta el mismo día que habíamos hecho los de ida.

Dedicamos también un día a un juicio, que volví a perder yo a pesar de que mi equipo lo hizo mejor, ya que todos los jurados de este país están vendidos a los “buenos” y yo siempre defiendo al diablo y esas cosas.

Hicimos también, como no, el típico partido animadores-acampados. Evidentemente, nos agenciamos para nuestro equipo a los dos chavales de 2º de Bachillerato que habían venido, para así tener alguna posibilidad. El primer partido, contra chavales de quinto y sexto, fue ganado por nosotros de forma brillante por 1-0, al llevarse nuestro goleador Ángel Morata (una de nuestras adquisiciones de 2º de Bachillerato) el balón con la mano, pero por suerte, el árbitro era César. El segundo partido, contra gente de 3º de ESO supuso nuestra única derrota, ya que perdimos por 0-1 cuando nos marcaron un gol de chiripa. El tercer partido fue también el más interesante. Jugamos contra un equipo de mujeres + mi hermano Carlos, que osó enfrentarse a mí, y Loles, que nos traicionó y hasta nos marcó un gol. Empatamos a tres, y eso porque el objetivo árbitro César añadió cinco minutos de tiempo cuando íbamos perdiendo 3-1. Jamás volveré a jugar contra Estela… El último partido, contra más gente de 3º de ESO fue vencido por nosotros 1-0, cuando el brillante monitor Fernando (qué grande es ese hombre) empaló un chut tras un corner y marcó el único gol del partido. Evidentemente, aún no lo he asimilado…

El último día realizamos un casino, durante el cual entregamos nuestros regalos al amigo invisible. Yo regalé mi primer pito como animador, que me lo habían pedido docenas de chavales, y paco, que no me escribió nada el muy… me regaló una minibota de vino made in Sigüenza.

El campamento se acabó oficialmente con una velada de las que le gustan a César, con mucho fuego. Y al día siguiente, después de un campamento tan duro, llegó el premio por el que trabaja todo monitor, y por el que te das cuenta de que el sufrimiento de dos semanas ha servido para algo. Las canciones, los abrazos, los gritos de ¡no quiero que se acabe el campamento!, las lágrimas en los ojos de los demás, etc…

Pero lo más impactante es cuando te das cuenta de que a ti, que no has dormido, a ti, que te han pegado y a ti, que te han dicho de todo, te da pena que se acabe el campamento, se te hace un nudo en la garganta y cuando cuarenta críos te abrazan y te besan mientras lloran, ves que a ti también se te escapan algunas lágrimas. He ido a cinco campamentos, como acampado y monitor, y en todos me he quedado con la misma sensación, ¡quiero que llegue el siguiente!

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Tras la hora de comer, cada día disponíamos de un tiempo para los talleres. Los había de diferentes tipos: camisetas, máscaras, periodismo, pulseras, llaveros, teatro, coreografía… Los chavales iban pasando por todos los talleres en lugar de quedar fijos en uno. Cada día se inscribían en unas hojas de las que se elegían a los primeros. Un día hubo jaleos porque, evidentemente, la gente trucaba las hojas de mala forma, hacía tachones y rompía hojas para ponerse el primero en la lista. Tras una bronca llevada a cabo por César (quién si no), el asunto se arregló. En mi caso yo me encargaba del taller de llaveros. Sobra decir que yo no había hecho un llavero en mi vida y que, evidentemente, me dijeron “tú te encargas del taller de llaveros” media hora antes de que empezase el taller de llaveros, ya que el encargado inicial, Edu, era necesario en el taller de guitarra y canto que, al final, nunca se inauguró. Durante media hora, aprendí a hacer llaveros, y fue lo que le enseñé a los críos, pero aunque los sabía hacer, siempre utilizamos de ejemplo los que hacía Paco, que daba conmigo el taller, porque a mí me salían tirando a mal. Realmente, yo aprendí en mi taller, y para el siguiente campamento, ya sabré hacer llaveros.

Después de los talleres, se pitaba para la merienda. Durante 13 de los 14 días de campamento, aproximadamente, se nos dio de merienda una barra de pan acompañada con media docena de onzas de chocolate, que ocupaban la octava parte del pan. Naturalmente, el pan comenzó a ocupar masivamente las papeleras de la zona, así que dejamos de obligar a merendar a los chavales. Hubo un día particular que se dieron porciones de queso y membrillo (además del pan, claro), la mayoría de las cuales acabaron adornando las paredes del albergue.

Normalmente, una vez merendados se hacía una actividad de la tarde, después de la cual llegaba la hora de las duchas. Puedo decir que para un animador (para una animadora era algo más sencillo) la hora de las duchas era la peor después de la hora de comer. Como si se utilizaban todas las duchas el agua llevaba poca presión, pues de los dos pasillos que había se limitaron las duchas a uno de ellos. Sin embargo, los críos se colaban en el otro pasillo en cuanto podían. Además, alguien tuvo la brillante idea de unir las duchas masculinas y femeninas por medio de una puerta de cristal opaco con una cerradura mediante la cual se podía ver el otro lado. Era impresionante ver como me iba a hablar con alguien treinta segundos y cuando volvía había doce personas pegándose para mirar por un agujero del tamaño de un garbanzo. Al final acabé haciendo vigilancia permanente en la puñetera puerta. Pero lo más duro, sin duda, eran las canciones. Sin ninguna vergüenza, los individuos comenzaban a cantar canciones como el Aserejé o toda la discografía de operación triunfo a voz en grito, lo cual fue muy duro para mí.

Tras esto venía la cena, marcada en gran cantidad de ocasiones por la Pitusa, que digamos que es la fanta que se hace allí en Sigüenza, pero mucho más buena que la Fanta, y sobre todo, con la particularidad de crear una gran adicción. Pronto la Pitusa se convirtió en una obsesión, y cualquier acampado o animador al que se le pregunte por Pitusa adquirirá un brillo especial en los ojos.

Durante la noche se hacía una nueva actividad, y antes de acostarnos comenzaba una reflexión en la que todos estaban atentos, pero en la que nadie hablaba. La verdad es que esta vez no conseguimos que la gente participara mucho en las reflexiones, excepto, tal vez, en la del último día de campamento.

Y al final, cuando los críos se acostaban, empezaban las reuniones de monitores, en las que se discutía lo que pasaba y lo que iba a pasar en el campamento, se preparaba el día siguiente, etc… Estos fueron los momentos más difíciles y cansados. Era frecuente ver a gente derrotada con la cabeza apoyada en la mesa, y a más de uno se le dijo que se acostase a mitad de las reuniones, pues había caras que daban miedo. Además, las reuniones comenzaron a alargarse tanto que Felipe, uno de los “jefes” de la operación, ideó un sistema de turnos de palabras y estructuró las reuniones para dar cierto orden y rapidez. Sin embargo, la cosa no funcionó demasiado, ya que la gente no se sentía con plena libertad de palabra, y al tiempo se volvió al viejo sistema de chorradas, “pásame el café”, cucharillas sonando y de vez en cuando temas serios. Como resultado, claro, dormimos muy poco. En toda mi vida no he bebido más café que durante esos catorce días, y creo que los demás pueden decir lo mismo. Pero para mejorar el ánimo de las reuniones, siempre estuvieron nuestras pastitas de té, prodigiosas, que han quedado en mi memoria. Hubo un día que la reunión se retrasó, por lo que Jimena y yo decidimos visitar la nevera del albergue. El paraíso debe parecerse a esa nevera, una de esas del tamaño de habitaciones. Nos agenciamos algunas cosillas, lo primero que pillamos, porque no sabíamos donde elegir, entre montañas de comida, y creo que se dieron cuenta, porque al siguiente día estaba cerrada a cal y canto con llave.

Tras levantarnos, cosa que a veces costaba hacer (un día comencé a adoptar la táctica de tirar a los típicos vagos de la cama con una patadilla inocente, y desde ese día, se dieron más prisa), teníamos un tiempo de gimnasia. En general, la gimnasia no fue muy dura este año (gracias, César) lo que colaboró a que nadie se quedara parado. A pesar de todo, el primer día apareció el típico grupo de chavales, de 3º de ESO, que pasaban de hacer gimnasia. Tras un día completo de barridas de comedor y limpieza de mesas, parecieron comprender que hacer gimnasia era muy saludable. A partir de ese día, la gimnasia fue viento en popa, excepto un brillante día que alguien puso un disco de Bisbal mientras la hacíamos, pero en fin, de gustos no hay nada escrito.

Pero la hora más problemática del día, y la que más tiempo nos llevaba discutir en las reuniones nocturnas, era la de la comida/ merienda/ cena/ desayuno. Los chavales, y sobre todo, las chavalas, no comían nada. No les gustaban los macarrones, no les gustaba el arroz, no les gustaba el pescado, no les gustaba la carne… Si hay algo que me fastidia en este mundo, son las personas que no comen nada, pero Dios no me dio la capacidad de gritar y obligar, así que me resultaba muy difícil. Durante una cena me vi obligado a estar una hora esperando a que una chica se comiese una mísera croqueta. Entiendo que determinadas comidas no puedan gustar, pero no comprendo que alguien se encabezone en no tomarse algo porque no le gusta, aunque sólo sea para que el plomizo monitor de turno se calle. Y además, cuando obligas a alguien a comerse algo, te mira con mala cara, como si fueses una persona cruel y despiadada. Sin embargo, al final cogí a determinadas personas especialmente problemáticas que me veían como un ogro, y les expliqué por qué hacíamos lo que hacíamos. Aunque al principio lo negaron absolutamente todo, conforme les hablé (con una persona estuve soltando un discurso durante algo así como dos horas y media) acabaron entendiéndome y dándome la razón (aunque evidentemente, seguirán sin comer cuando lleguen a su casa).

A medida que me fui haciendo popular entre los chavales (muy a mi desgracia, XD) apareció otro problema en el comedor. Hablo del problema del “siéntate conmigo”. Durante todo el campamento comí en las mismas mesas que los chavales, y buena parte de estas comidas me ayudaron a conocerlos mejor. Creo que comí alguna vez con todos, o casi todos. Sin embargo, con frecuencia no te pide un único crío que te sientes con él, y cada día me lo pedían treinta. Tuve que hacerme una lista mental de por qué mesas ya había pasado para no repetir demasiado pronto. Esto, evidentemente, provoca enfados en los insaciables chiquets, pero afortunadamente se les pasaban en nada.

Cada día, tras el desayuno, hacíamos una motivación. Básicamente, esta consistía en una representación de un capítulo del libro en el que se basaba el campamento, en el cual un bufón era contratado para curar a un rey presa de una enfermedad en la que se acababa muriendo de tristeza. Mi personaje era precisamente ese, el rey Yo, y para representarlo usaba una simple manta negra a modo de capa (íbamos un poco escasos de disfraces). La verdad es que aunque el primer día se la tomaron de cachondeo, los críos comenzaron a tomar interés por la historia, y el último día te contestaban a preguntas que les hacías del libro sin ninguna dificultad. Fue especialmente divertido el día que uno de los monitores que vinieron de visita, Luija, fue presa de nuestra malicia. Le hicimos vestirse de hormiga para la motivación, y Luija, que no destaca por su altura, lo hizo y quedó estupendo. Cuando en la motivación se disponía a hablar tras la intervención de unos pájaros, unas serpientes y una tortuga, dijimos que finalizaba la motivación por ese día y le rebelamos que, efectivamente, jamás hubo una hormiga en el guión, pero la foto de Luija y sus antenas quedó para la posteridad. Lo cierto es que por falta de tiempo, al final ni siquiera logramos acabar el libro, y dejamos el final en el aire.

Tras la actividad de la mañana, llegaba la hora del baño, que más bien era la hora del no-baño, porque prácticamente no se bañaba nadie. Aparte del verdoso color del agua, la gente no se bañaba por la agradable temperatura de la misma. La verdad es que yo si me bañé todos los días, porque no podía permitir que esos chavales que amenazaban con ahogarme pensaran que soy un cobarde. Aunque normalmente las luchas en la piscina forman parte de la base de cualquier campamento, en este caso fueron poco multitudinarias y no pasarán a la historia, entre otras cosas porque el jefe César no se metió en el agua en las dos semanas. De todos modos, la actividad normal del día en la piscina consistía en tirar gente al agua. Normalmente, eso es imposible cuando se dispone de un buen socorrista, pero en este caso disponíamos de nuestra amiguita Jimena, traída especialmente de Madrid para realizar la labor y elegida por la libertad de movimientos que sabemos que nos da. Jamás olvidaré el día en el que uno de los chavales, con pinta de suicida, tiró a nuestro simpático animador Edu al agua, lo cual no hubiera sido tan grave de no haber llevado puesto un pantalón, una camiseta, unos calcetines, unas botas, un sombrero y unas gafas de sol…Evidentemente, el chaval se vio con problemas posteriores que no vienen al caso 🙂

Los dos primeros días fueron más bien tirando a difíciles, fue en los dos primeros días cuando mi moral empezó a decaer y cuando empecé a darme cuenta de que, tal vez, ser animador no se limitaba a hacer reír y a mantener el orden, y la verdad es que llegué a desmoralizarme, llegué a pensar que tal vez no valía para eso. Las actividades, felizmente improvisadas por nuestro animador improvisador Juanza, eran motivo de quejas de los críos, que en vez de participar, andaban o se quedaban casi parados, especialmente en las nocturnas, la piscina era verde, los chavales tenían una mala relación conmigo y la descoordinación de los monitores era casi total, pues era un sitio totalmente nuevo para nosotros, algunos éramos inexpertos y hubo ciertos problemas con los mandamases el padre JOE y sus miembros cercanos.

Sin embargo, al final del segundo día, las cosas empezaron a cambiar, al menos desde mi punto de vista. Ante unos críos que sólo servían para pegarme, insultarme y reírse de mí, yo me sentí verdaderamente infravalorado, y casi inconscientemente comencé a abandonar mi carácter abierto a los niños y comencé a encerrarme en mí mismo y ponerme serio. Aunque esta actitud venía genial para meterme en mi papel de rey Yo, en la motivación del campamento, no era la más adecuada. Pero los críos, que se enteran de todo, se dieron cuenta de mi estado, y las mismas personas que me estaban haciendo pasarlo mal fueron las que se acercaron a mí aquella noche y decidieron pedirme perdón. Ese sencillo gesto cambió mi forma de ver el campamento por completo, y me di cuenta de que los chavales sentían algo y no eran tan crueles como yo había creído.

De esta forma, mi moral comenzó a subir, y decidí que la mejor forma de entender a los críos era poniendo lo mejor de ti, no intentar ser de algún modo, si no de verdad ser como eres. El simple hecho de meterme a monitor ya indica que tengo una ilusión y unos valores que me hacen valer para esto. Lo demás, se aprende mientras se hace.

El día normal empezaba a las 8:30 y terminaba a las 00:30 para cualquier chaval, lo que supone que les dábamos una media de ocho horas para dormir. Aunque los primeros días tardaron más de una hora de media en dormirse (era frecuente ver a Paco pegando gritos para que los chavales le obedecieran o a críos en pijama saliendo por los pasillos castigados a correr en mitad de la noche), conforme pasaban los días era más sencillo hacerlos callar. Los últimos días casi no pusimos vigilancia (nuestra vigilancia de el último día fue una monitora, Yiyi, durmiendo en un saco de dormir en medio del pasillo).

Sin embargo, ese era el día del acampado. El día medio del monitor, que es lo que los críos no ven, empezaba a las 8:00 y terminaba en torno a las 3:00 de la madrugada del día siguiente. Es decir, dormíamos una media de cinco horas diarias. Para alguien como César o Campiwy, que llevan años en esto, puede resultar más sencillo de llevar, pero para un monitor que acababa de entrar como yo, fue muy duro habituarse al principio. Las reuniones de por la noche eran cada vez más difíciles y complicadas, y el sueño y la descoordinación produjeron mal ambiente en más de una ocasión. Sin embargo, conforme nos conocíamos y nos sumergíamos en el espíritu del campamento las cosas salían mejor. En este caso, he de decir que, aunque hubo un amplio sector que jamás aceptó a Joe y lo que representa, yo nunca fui de ese sector, ya que, en mi humilde opinión, creo que no es difícil llevarte bien con cualquier persona si pones algo de tu parte. Es cierto que el mal ambiente entre monitores puede hacer infernal un campamento, pero no es menos cierto que quejarnos y lamentarnos cada día del problema en lugar de poner todo de nuestra parte para solucionarlo tampoco lleva a ninguna parte. Por mi parte, yo jamás lo tomé como un problema, y he tenido una buena relación con todos los animadores y chavales que fueron a ese campamento. De todos modos, no quiero que parezca que el mal rollo fue generalizado. No es cierto. Aunque hubo determinadas discusiones y es evidente que había gente de ideas muy fijas que no compatibilizaba nada, la verdad es que en la mayoría de los casos la ilusión y las ganas de que el proyecto funcionase prevalecieron sobre todas estas pequeñas riñas. Por su parte, el sueño se me fue olvidando, aprendí a vivir con él sin que mi rendimiento, mi ilusión o mis pavadas bajasen de nivel, y sólo me acordé de él cuando llegué a mi casa en Murcia (y bien que me acordé de él).

Después de haber participado como acampado en cuatro campamentos, incontables pascuas juveniles y decenas de encuentros en Fontalbres o Guardamar, este año me preparaba para enfrentarme a mi primer campamento como animador. Aunque yo iba creyendo que ya era un animador más o menos preparado, pues había estado medio año con críos cada viernes e incluso había hecho una salida de tres días en Marzo, la verdad es que lo que pasó durante las dos semanas que van desde el 15 hasta el 28 de Julio me pilló totalmente desprevenido y me obligó a improvisar más que nunca. Creo que puedo decir sin equivocarme que nadie está preparado para ser monitor, pues esto se aprende mientras lo estás siendo.

Todo empezó el día en el que marchamos en autobús hasta Sigüenza, una paliza de unas seis horas en la que hicimos un par de paradas. Nos dividimos en dos grupos: los chicos y chicas de primaria, junto con sus monitores respectivos y el material de campamento (entre el cual había unas antorchas horripilantes que acabaron con dos de mis mejores camisetas mientras escupían aceite y grasa en todas direcciones) nos metimos en un autobús, y los chavales desde 1ª de ESO a 1ª de Bachillerato se metieron en el Bus restante. No tengo ni idea de cómo les fue a los mayores, pero sé que mi viaje fue una pesadilla, XD. Imaginad a unos 35 niños (si, de esos que dicen cada cinco minutos aquello de ¿cuánto falta?, ¿falta mucho?) metidos en un único autobús conmigo en un viaje de unas seis horas de duración. Yo, como aquello si lo tenía claro, decidí hacer un poco el pavo para que los niños se rieran. Vale, se lo pasaron pipa, pero su hobby (como siempre, no sé porqué) es pegar a los tipos altos, como yo, por decir uno al azar, y me llevé una soberana paliza (aunque también repartí, también). Además, por aquellos tiempos llevaba una melena que ya he perdido que fue motivo de muchos comentarios y motes absurdos. Pero hacer que los críos se rían no quiere decir caerles bien, eh ahí mi primer error, por que no me di cuenta de que se reían de mí, no de lo que hacía (esta infancia de hoy en día,…). Vamos, que fue un viaje horroroso y cuando acabó había conseguido la hazaña de caerle mal a casi todos los críos del campamento. Menos mal que estaba preparado para ser animador, porque si no, no sé lo que me hubiera pasado.